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Dos años después de caminar a lo largo del Ebro, en la primavera de 2005 pude reencontrarme con el río gracias a una iniciativa de la Fundación Nueva Cultura del Agua consistente en una bajada en piragua a lo largo del último tramo del río que yo había hecho a pie. La determinación de las gentes que viven en la orilla del rio es fuente de aliento. Son una comunidad. Como lo son la gente que vive y ama la costa de Mallorca. Ver fotos. |
Textos tomados del libro ‘De las nubes al delta' (en fase de edición).
El relato de una caminata de 42 dias a lo largo del Ebro. |
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Dos horas después, el derruido castillo de Trias se pega como una falda a las viviendas apiñadas por falta de espacio y la ciudad conserva su muralla. El amarillo de la toba me acalora, me da la sensación que refracta el sol. Me ahogo. Llevo marcada en la espalda la forma del petate y la picadura de una avispa en la palma de la mano derecha. El camino estaba lleno de frutales e invernaderos. Bebo. Bebo y miro tras los ventanales. Cerca hay un merendero, un camping al otro lado del río y una playa en la que se refocilan bañistas bulliciosos y sin embargo elijo este local como refugio. Me arden el cuello, los pies y las manos. Necesito el aire acondicionado ... |
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Cada vez me rasco más. El reloj da las ocho. Dos pesas y sonería marcan las horas y las medias con precisión, como si a pesar de todo no se creyeran que la cuerda dura seis días y que hace ya 30 años que se reparó. Echo agua fresca en las picaduras de mis brazos que ya apuntan maneras de heridas, luego empapo una pierna, la otra, la cabeza entera.. La fuente del pueblo hace de ducha pública y en ella chapoteo, obviando a los labradores que ya ponen en marcha sus vehículos. Me siento invisible. Después, hago de la plaza mi particular comedor y desayuno el último trozo de queso con el pan que ayer me regaló la vecina. Un par de obreros rehabilitan uno de los edificios ... |
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Isaac Salazar hace un alto en su trabajo, tocado con sombrero de mimbre y azadilla en la mano. El mira y soy yo la que inicia la conversación:
“¿Qué hace usted con las moscas?”.
“Matarlas… aunque luego vengan las demás al entierro”.
Nos hacemos intercambios de preguntas.
“¿Es usted eso de…?”.
“¿Ecologista?” (me adelanto).
Imagino que identifica la mochila con la de aquellos que han participado en las numerosas marchas contra la central nuclear que está a punto de aparecer en el horizonte: Garoña.
“¿Y usted?”.
“Yo planto puerros… para comerlos en casa. Nací aquí pero vivo en Vitoria”.
“¿Le beneficia al pueblo tener una central nuclear tan cerca?”.
“Bueno, a los dos o tres que trabajan allí, el resto… pues digamos que quizá haya más malo que bueno porque hay muchos que no quieren venir por lo de la radioactividad”.
La central se levanta en el siguiente meandro del río. Probablemente el lugar fuera elegido porque el propio curso del Ebro aísla las instalaciones. Sólo los carteles anunciando el plan de emergencia nuclear corroboran su existencia. Anuncian que en caso de un escape nuclear el lugar de reunión está frente a la iglesia.
“¿Les han evacuado alguna vez?”. |