El pasado 25 de noviembre participé en la mesa redonda: “Ética en la intervención con inmigrantes” dentro del I Congreso Balear “Comunidad diversa: un enfoque intercultural”, organizado por la Dirección General de Inmigración (Govern de les Illes Balears).
Compartí el debate con Antonia Bauzá (mediadora intercultural del Ayuntamiento de Ibiza) y Jordi Moreras (doctor en Sociología por la Universidad Rovira i Virgill de Tarragona), quienes hablaron, respectivamente, de los siguientes temas: “Deontología. Propuestas para un código profesional” y “Ética civil y pluralidad religiosa”.
Mi propuesta llevaba por título “Bioética. Concepciones culturales sobre la vida y la muerte”. En ella destacaba cuatro aspectos que permiten entender hasta qué punto ética y religión no son opuestos. Después de analizar algunos ejemplos como el aborto, la inseminación artificial, la eutanasia… pude comprobar que no proponen soluciones muy dispares.
Por eso propuse la elaboración de un documento abierto que puedan compartir l@s mediador@s y profesionales que trabajan en los centros de salud y hospitales públicos, de modo que pueda ser un referente fácil de enriquecer por quienes toman decisiones diarias en torno a los límites de la vida y de la muerte.
Aprovechando las ventajas que supone la herramienta de Internet para poder llevar a buen fin un tipo de iniciativas como ésta, comparto los principios básicos sobre los que desarrollé mi intervención, tomando como referencia el tema del aborto.
1. Frente a quienes convierten el cuerpo del ser humano en un campo de batalla, defiendo que el cuerpo es el punto de encuentro en el que confluyen nuestros intereses, deseos, creencias y experiencias particulares, ese entramado de narraciones externas, creadas por la memoria común, las costumbres, los intereses de grupos de poder, los avances científicos, las creencias religiosas… Por eso se ha convertido en uno de los ejes de las agendas políticas, hasta el punto de que el cuerpo se ha convertido en un “campo dotado de ciudadanía”.
Cada decisión que se toma en nombre del cuerpo y sus límites mueve muchos resortes, por eso se hace necesaria una reflexión ética transversal, capaz de enlazar planteamientos individuales y colectivos, desde el ámbito civil y desde el institucional, en el seno de las sociedades laicas y de las estructuras religiosas. Se trata de un debate constante que obliga al diálogo, enriquece nuestras conciencias y facilita la toma de decisiones.
Los ciudadanos y ciudadanas de este país saben qué significa que el poder militar o el religioso intervenga en cuestiones de estado, también sabemos qué pasa cuando el poder legislativo, ejecutivo y judicial no son independientes y qué implica no poder elegir a nuestros gobernantes. Pero no todos los residentes de este país tienen esta memoria de sí como individuos y como ciudadanos. No se trata de entender la ley sino de aprender los procesos de un estado de derecho. Muchos proceden de estados que no son democráticos o de sociedades que son tribales, por ejemplo. Por eso quiero destacar que la ley es un terreno de juego cuyas reglas todos debemos conocer, tanto los pacientes como cualquier persona que participe en las decisiones que conciernan a la salud, la vida y la muerte de un ser humano.
2. Este diálogo está enmarcado por un marco legal de obligado cumplimiento para todas las personas que residen en este país. España es un estado de derecho y, como tal, la ley garantiza el cumplimiento de los derechos comunes, limitando responsabilidades y exigiendo deberes. Ninguna institución puede ofrecer un servicio a la ciudadanía por debajo de los marcos legales establecidos, o al menos así debería ser.
A partir de este principio propongo revisar los parámetros de ciertos debates. Por ejemplo: la objeción de conciencia ha de resolverse por caminos que garantice el cumplimiento de la ley sin que perjudiquen los derechos morales del profesional. Del mismo modo que el estado garantiza que todos los ciudadanos gocen de asistencia de un/a letrad@ y para eso existe la figura del abogado de oficio, las autoridades sanitarias deberían de elaborar un procedimiento que proteja el acceso de l@s ciudadan@s a todos los derechos que tienen como pacientes. Por ejemplo, en el caso de defender a una persona acusada de terrorismo un letrado de oficio puede alegar objeción de conciencia y no prestarle sus servicios, en el caso de que su sustitut@ también alegue objeción de conciencia la ley obligaría al tercer abogado de oficio a atender al acusado. Del mismo modo, todos los centros de salud públicos deberían de desarrollar un procedimiento que permita que todas las mujeres que residan en este país puedan proceder a la interrupción voluntaria de su embarazo dentro de los marcos que garantiza la ley.
Se trata, a mi juicio, de un pricipio de mínimos pues los avances científicos modifican la vida de los seres humanos, llegan como respuesta a una necesidad y generan con el paso del tiempo nuevas relaciones sociales; es decir, la ciencia remueve las costumbres, las creencias y la moral, es la jurisprudencia la que devuelve los avances científicos a los parámetros de la moralidad que fija la mayoría (a través del proceso electoral). La ley, por tanto, siempre nace “después” que la necesidad.
3. Las creencias religiosas no son las únicas creencias que influyen en la toma de decisiones sobre la vida y la muerte. Del mismo modo que estamos determinados por la clase social a la que pertenezcamos, el género que tenemos asignado y en el que nos educan, el espacio que ocupamos dentro de una comunidad… Creo que las creencias religiosas están presentes en el imaginario de cualquiera, incluso si el pensador o pensadora se considera agnóstic@ y aunque exista una voluntad de independencia ante estos discursos. Por eso, no creo que la religión sea el opuesto a otros conceptos como la ética, limite los principios democráticos o cuestione las libertades individuales, sino todo lo contrario: tienen una relación porosa.
Sin embargo, creo que en los debates políticos y las tomas de decisiones del estado, ha de imperar la laicidad. Defiendo la distribución de poderes que garantiza la independencia del poder ejecutivo, legislativo y judicial. Creo, además, en los estados aconfesionales que reconocen la libertad de culto. Esto es incompatible con los regímenes teocráticos en el que las estructuras religiosas pueden dictar leyes, elegir a los miembros del ejecutivo o condicionar al poder judicial. Del mismo modo que defiendo que los militares no pueden intervenir en cuestiones de gobierno (como sucede, por ejemplo, en las dictaduras militares).
A pesar de ello, a pesar de que este país es oficialmente aconfesional, el catolicismo es la religión de referencia (sirven como ejemplo los viajes del Papa por este país). Si abrimos el plano de nuestra historia colectiva, son las religiones monoteistas de raíz abrahámica (judaismo, cristianismo e islam) las que determinan nuestra identidad. Nuestra historia común es el resultado de sus confrontaciones, convivencias, alianzas. Esto, por supuesto, también influye en el seguimos abriendo el plano: Europa también toma como referencia estas religiones semíticas. Sobre sus diferencias se levanta una parte de la historia común y, por tanto, la identidad europea.
Por eso me parece importante recordar que cuando hablamos de diversidad debemos de hacer un esfuerzo de honestidad: la religión católica es el referente colectivo en este país, que construye su identidad común a partir de las alianzas y confrontaciones con las religiones semíticas (islam y judaismo) y que, por su condición de monoteístas, es más sensible a otras creencias que giran en torno a una sola divinidad, como lo es el budismo, hinduismo, taoismo y confucionismo, religiones procedentes del lado oriental de este mismo continente europeo. Creencias procedentes de África, por ejemplo, son más difíciles de visualizar, digerir y concebir como posibles, y la tendencia habitual es la de considerarlas como algo “exótico” vinculado con creencias de “segunda categoría”.
Pero en la vida cotidiana, en la consulta, a la hora de tomar decisiones sobre la vida y la muerte, todo esto se pone en marcha y, generalmente, sobre el pequeño territorio del cuerpo de un ser humano. Estas decisiones las toman las personas, con todas sus limitaciones, experiencias y creencias. Se trata de una condición humana, que afecta tanto a l@s creyentes como a l@s no creyentes. Por otra parte, no todos los individuos que profesan una fe asumen sus creencias del mismo modo. Por tanto, sus decisiones no les afectan con la misma intensidad.
Y, en tercer lugar: no todas las religiones tienen un magisterio que marca claramente las pautas de conducta a los feligreses y no todas poseen un texto sagrado de referencia. Y en el caso de que sucedan ambas situaciones, no tod@s l@s creyentes tienen conocimiento de estos dogmas. Así, queriéndolo o sin querer, la experiencia de la fe está determinada por las interpretaciones de cada individuo.
Por otra parte, entre la población inmigrante la religión y las costumbres tribales pueden convertirse en un elemento constitutivo de identidad, sobre todo para los colectivos comunitaristas, quienes buscan su integración en la sociedad de acogida apelando a la diferencia. El rechazo de estas comunidades tiene un mayor peso para sus miembros pues implica un doble desamparo.
Por todo ello, creo que, al margen de las creencias individuales, l@s profesionales que toman decisiones sobre la vida y la muerte de otro ser humano deberían conocer, al menos, la posición oficial de las religiones ante estos asuntos. Se trata de una información útil y necesaria porque facilitará la toma de decisiones y el respeto a la autonomía del paciente.
4. De este modo llego al último apartado de mis consideraciones: una de las piedras angulares del debate sobre límites de la vida y de la muerte es el principio de autonomía del paciente. En España la mujer no se considera un ser tutelado (como lo son las personas con enfermedades psíquicas o los niños, por ejemplo). Es más, en la mayoría de los países del mundo el principio de autonomía de la mujer, en lo que atañe a los límites de su vida y de su muerte, se entiende como un principio universal vinculado con los derechos humanos.
Este planteamiento remueve las estructuras de algunas religiones y de algunas sociedades. Por el sólo hecho de afectar a una mujer vinculada con una comunidad emigrante en un país de acogida, las decisiones en torno al cuerpo femenino puede ser un fuerte punto de resistencia en los procesos de integración. Sin embargo, estos debates no siempre están refrendados por las religiones sino por intereses que tienen que ver más con la lógica tribal, patriarcal…
Se puede tomar como ejemplo el caso del aborto. Pareciera que la conocida como “ley de plazos” contara con la desaprobación de las preceptivas religiosas y no es cierto, la mayoría contemplan que sus creyentes decidan abortar.
En el seno de las religiones cristianas, están en contra del aborto la Iglesia de Roma, la Iglesia Bautista Evangélica Radical, los Mormones y una parte de los Luteranos. La Iglesia Ortodoxa rechaza el aborto pero pide a los sacerdotes su comprensión en casos específicos. Iglesia Anglicana acepta el aborto hasta las 28 semanas de la concepción, mientras que la Metodista, la Episcopal y la Presbiteriana consideran que es la mujer la que decide.
Por lo que respecta al Islam, aunque diferentes escuelas de pensamiento, la mayoría de los textos de referencia permiten abortar hasta los cuatro meses de gestación e incluso permitir excepciones en los casos en los que el embarazo pone en riesgo la vida de la madre, o en casos de malformación fetal. El concepto clave que se ha de tener en cuenta es el tiempo del embarazo, pues el Corán señala que Alá envía el alma al feto a los 120 días de su fecundación. Por tanto, el aborto seria posible en los cuatro primeros meses del embarazo.
El judaísmo defiende el bienestar de la mujer como factor central, de modo que no prohibe el aborto.
El hinduísmo permite que la mujer considere su decisión a la luz de las exigencias de la situación y de su propia conciencia.
El budismo considera que, pese a que el aborto puede determinar el karma, lo esencial es evitar el sufrimiento, por eso apoya la libertad de las mujeres de optar por un aborto en determinadas circunstancias.
Propongo a quien lea este artículo que aporte más información al respecto, de modo que se pueda crear entre tod@s un texto de referencia compartido.
Para evitar que el cuerpo se convierta en el campo de batalla de principios ideológicos, identitarios, creencias, etc. las disyuntivas ante los límites de la vida y de la muerte se han de plantear y debatir antes de que una persona llegue a la consulta, la sala de operaciones, etc… Este debate se ha de producir de forma constante en el seno de nuestras comunidades, dentro del espacio asociativo, teniendo en cuenta las reglas del juego democrático.